Desata temores entre vecinos por fiestas y cambios de estilo de vida
El empresario de 31 años detrás de las plataformas Carajo y Blender, se instaló en el corazón de Barrio Parque, el sector más exclusivo y conservador de Palermo Chico. Apodado el “zar del streaming”, Marini compró dos lotes contiguos: uno que alberga la histórica Casa Obarrio, un petit hôtel de principios del siglo XX en proceso de puesta en valor, y otro donde demolió la vivienda existente para anexarlo y crear un amplio jardín privado. Incluso consiguió que Google eliminara las imágenes de sus propiedades de Street View, una medida que alimenta la sensación de secretismo que despierta su llegada.
El desembarco del empresario no pasó desapercibido entre los vecinos, acostumbrados al silencio y la tradición de un barrio poblado por figuras de la vieja élite porteña. Para muchos representa la irrupción del “nuevo rico digital” en un entorno históricamente marcado por códigos sociales rígidos y baja tolerancia al ruido. El principal temor vecinal es que el empresario traslade al barrio el ambiente de fiestas electrónicas nocturnas que, según versiones, organizaba en Punta del Este y que generaban conflictos con los residentes. “Es un microbarrio quisquilloso y poco afecto a la modernidad”, reconocen fuentes cercanas, en un área donde cualquier alteración de la rutina suele disparar quejas.
El Zar asegura que no tiene planes de emprendimientos comerciales y que solo busca disfrutar de su jardín en Palermo Chico. Sin embargo, la tensión es evidente: Barrio Parque ya fue escenario de polémicas por proyectos modernos, como la torre de 10 pisos de Northbaires o la del grupo OM, habilitados durante la gestión de Horacio Rodríguez Larreta.

La llegada de este empresario sub-35 —que negocia contratos ferroviarios con el Gobierno y despliega estrategias que lo alejan de Santiago Caputo mientras acerca vínculos con Martín Menem— vuelve a poner en primer plano la fricción entre el viejo dinero porteño y la nueva ola de lujo digital, cuestionando hasta qué punto los códigos tradicionales de exclusividad están preparados para los tiempos del capitalismo tecnológico.

