Estacionar en Palermo cada vez más difícil: la disputa por el espacio que falta en las calles

Una postal habitual en la zona: autos estacionados a ambos lados de la calle
El aumento de los viajes en auto, la reducción de la oferta de garajes y la distribución del espacio público alimentan un problema cotidiano
La Ciudad apuesta a nuevas playas subterráneas, pero el debate es más amplio: cómo ordenar la movilidad sin perjudicar la vida barrial

Encontrar un lugar para estacionar en Palermo puede convertirse en una vuelta interminable a la manzana. En las zonas de mayor actividad residencial, comercial y gastronómica, los autos de los vecinos conviven con los de quienes llegan a trabajar, hacer compras o disfrutar de la oferta del barrio. El problema excede la incomodidad de los conductores: genera circulación adicional, demoras y una disputa cada vez más visible por el uso del espacio público.

Los datos reflejan esa presión. Según el informe de Partición Modal 2024 del Observatorio de Movilidad y Seguridad Vial porteño, los viajes diarios en automóvil con origen o destino en la Ciudad pasaron de 1,81 millones en 2019 a 2,05 millones en 2024, un incremento cercano al 13%. En el mismo período, la participación del auto en esos desplazamientos subió del 19,8% al 24,6%, mientras que la del transporte público bajó del 54,3% al 48,7%.

A esa demanda se suma el tiempo que los conductores emplean en buscar estacionamiento, una circulación que también contribuye a la congestión y a las emisiones contaminantes.

La Cámara de Garajes, Estacionamientos y Actividades Afines estimó que quedan alrededor de 2.000 establecimientos en Buenos Aires y sostuvo que unos 1.500 fueron reconvertidos desde 1995. Aunque las cifras no permiten determinar cuántas plazas se perdieron específicamente en Palermo, reflejan una transformación de la oferta que merece atención.

La disponibilidad también depende de las tarifas, las cocheras existentes en los edificios y los horarios de mayor demanda. Al mismo tiempo, el espacio de los cordones debe distribuirse entre estacionamiento, carga y descarga, contenedores, rampas de accesibilidad y otros usos. En algunas calles, los espacios gastronómicos suman otra demanda sobre una superficie limitada.

La discusión, por lo tanto, no consiste en destinar cada metro disponible a los automóviles, sino en establecer qué usos necesita cada sector y cómo compatibilizarlos con la vida cotidiana de los vecinos.

Más cocheras, ¿la solución?

El plan porteño para construir estacionamientos subterráneos en espacios públicos abrió un debate particular en Palermo por la inclusión de la Plaza Inmigrantes de Armenia. Tras los cuestionamientos vecinales, ese espacio verde fue excluido de la licitación, mientras continuó el procedimiento para otros emplazamientos.

La ubicación de las nuevas playas es determinante. Un estacionamiento disuasorio, conectado con el transporte público, puede permitir que quienes llegan desde zonas alejadas dejen allí el auto y continúen su viaje en tren o subte. En cambio, sumar cocheras en sectores de alta demanda sin una política de movilidad integral puede atraer nuevos vehículos y mantener la presión sobre las calles.

Por eso, la eficacia de estas iniciativas debería medirse no solamente por la cantidad de plazas que incorporan, sino también por su impacto sobre la circulación y la ocupación del espacio público.

Restringiendo el ingreso de acuerdo al numero de la patente se obtendria un beneficio de espacio inmediato
¿Patentes pares e impares para entrar a la Ciudad?

Otra alternativa para abrir el debate es estudiar restricciones de circulación según la terminación de la patente. Bajo un esquema de días alternados, los vehículos con numeración par podrían circular en determinadas jornadas y los impares en otras, con excepciones para servicios esenciales y situaciones justificadas.

Una medida de este tipo no debería aplicarse sin evaluar previamente sus consecuencias. Habría que determinar cuántos autos dejarían efectivamente de circular, cómo afectaría a quienes viven en el conurbano y trabajan en Palermo y si incentivaría la compra de un segundo vehículo para eludir la restricción.

También debería contemplarse el riesgo de trasladar el problema a los barrios periféricos o a las inmediaciones de las estaciones ferroviarias y de subte, donde podría aumentar la demanda de estacionamiento.

Antes de pensar en una restricción general, podría evaluarse una prueba piloto en días y horarios de mayor congestión, acompañada por mejoras en el transporte público y mecanismos de seguimiento que permitan medir los resultados. El objetivo sería reducir los viajes en auto que puedan reemplazarse por otras alternativas, sin dificultar innecesariamente los desplazamientos indispensables.

Ordenar el espacio, no solamente sumar lugares

La solución requiere combinar medidas: mejorar el transporte público, favorecer la rotación en las zonas comerciales, controlar las infracciones y organizar la carga y descarga. También hacen falta datos actualizados sobre la ocupación de las calles, la oferta de cocheras y las diferencias entre barrios y horarios.

No tiene las mismas necesidades quien se detiene unos minutos para hacer una compra, quien deja el auto durante toda la jornada laboral y el residente que regresa a su casa por la noche. En Palermo, donde conviven esas demandas, una política uniforme puede resultar insuficiente.

La dificultad para estacionar es una manifestación de un problema urbano más amplio. Buenos Aires debe decidir cómo distribuir un recurso limitado entre distintas necesidades y qué modelo de movilidad quiere impulsar. La discusión no pasa solamente por conseguir un lugar para dejar el auto, sino por definir cuánto espacio se destina a cada uso y qué medidas está dispuesta a debatir la Ciudad para que sus calles sigan siendo habitables.

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