Visitas récord en la Confitería Del Molino!! Que sucede con la reapertura?

El edificio histórico volvió a convocar multitudes, pero la concesión gastronómica sigue sin fecha y depende de una comisión bicameral con integración incompleta

La Confitería del Molino volvió a abrir sus puertas al público, al menos parcialmente. Las visitas guiadas gratuitas se reanudaron y, como en etapas anteriores, se convirtieron en un fenómeno: cada viernes al mediodía se habilitan los turnos en la web oficial y en cuestión de minutos aparece el cartel de “cupos agotados”. El interés es masivo. La reapertura del histórico salón para tomar un café, en cambio, sigue sin fecha cierta.

El contraste resume la situación actual del ícono del Art Nouveau porteño, diseñado por el arquitecto italiano Francisco Gianotti. Mientras crece la expectativa de vecinos y turistas por recorrer sus salones y subsuelos restaurados, la puesta en marcha de la confitería —tal como lo establece la ley que declaró al edificio de utilidad pública— permanece trabada en una instancia administrativa que depende del Congreso.

Las visitas actuales incluyen el primer piso, la planta baja y uno de los subsuelos, y culminan con un café de cortesía. El recorrido, no obstante, es más limitado que en etapas anteriores, cuando también se accedía a la azotea y al futuro centro cultural ubicado en el antiguo departamento de Cayetano Brenna, propietario original del establecimiento.

La reducción del circuito no fue acompañada por una explicación pública detallada. Tampoco hubo precisiones oficiales sobre el estado del proceso de concesión gastronómica. La pregunta se repite al final de cada visita, taza en mano: ¿cuándo reabrirá la confitería como tal?

Han pasado casi doce años desde la sanción de la Ley 27.009, que declaró al inmueble de utilidad pública y sujeto a expropiación por su valor histórico y cultural, y ocho años desde que el Palacio del Congreso tomó posesión del edificio. Sin embargo, el llamado a licitación para otorgar la concesión privada aún no se concretó.

La administración del edificio depende del Congreso, a través de una comisión especial bicameral creada específicamente para supervisar la restauración, el mantenimiento y la futura explotación del espacio gastronómico. En teoría, debería estar integrada por ocho legisladores —diputados y senadores—. En la práctica, actualmente sólo figuran dos: Martín Menem y Victoria Villarruel, en representación de cada cámara.

Con una integración parcial, la comisión funciona con atribuciones limitadas. Durante 2025 se realizaron diversas licitaciones, pero todas vinculadas a tareas de mantenimiento: ascensores, salas de máquinas, montaplatos, fachadas, instalaciones sanitarias, limpieza, control de plagas y provisión de indumentaria de trabajo. Son intervenciones necesarias para preservar el edificio, aunque no implican avances concretos hacia la reapertura comercial.

Fuentes consultadas bajo reserva admiten que la licitación para la concesión gastronómica no registra movimientos. “No hay nada”, resumieron. La definición política, sostienen, sigue pendiente.

En septiembre de 2024 las autoridades de entonces daban por finalizada la restauración de la planta baja —donde se ubica el histórico salón— y del subsuelo. Ese sector ya estaría en condiciones de operar como cocina o “cuadra”, tal como se denomina en el ámbito panadero. Incluso se completaron obras estructurales clave, como la nueva escalera que conecta la planta baja con los subsuelos, indispensable para cumplir con las normativas actuales de evacuación.

El proceso de recuperación incluyó desafíos técnicos notables, como el saneamiento del tercer subsuelo, que se encontraba completamente inundado. Tras trabajos de evaluación subacuática y desagote, se decidió consolidarlo y sellarlo de manera definitiva. La ley establece condiciones específicas para la concesión: quien asuma la explotación deberá producir en el lugar insumos de panadería y pastelería, en línea con la tradición del Molino, que supo abastecer a otras confiterías históricas de la ciudad.

El edificio, que unificó tres construcciones preexistentes mediante hormigón armado y fachadas ornamentadas que se convirtieron en emblema urbano, es hoy una postal restaurada. Pero también es un símbolo de una gestión inconclusa. La recuperación patrimonial logró devolverle esplendor arquitectónico a una pieza clave del paisaje porteño. Lo que aún no consigue es devolverle su función original: ser un espacio vivo, con mesas ocupadas y producción propia.

Mientras las visitas guiadas agotan entradas en minutos, el futuro de la confitería sigue atado a una decisión legislativa que no termina de llegar. El Molino volvió a ser atractivo. Falta que vuelva a ser, efectivamente, una confitería.

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