Parque Lezama: la barranca de Buenos Aires donde historia, misterio y leyendas se cruzan

Fue quinta de lujo, escenario de epidemias, jardín diseñado por Carlos Thays y sede de un museo que conserva algunos de los objetos más valiosos de la historia argentina

A simple vista, el Parque Lezama parece uno de esos lugares de Buenos Aires que forman parte del paisaje cotidiano sin necesidad de llamar demasiado la atención. Árboles añosos, senderos, bancos, ferias, artistas callejeros y vecinos que atraviesan el verde rumbo a San Telmo, La Boca o Barracas. Pero alcanza con detenerse un momento para descubrir que el Lezama es mucho más que un parque. Entre sus barrancas y senderos se concentra una historia que atraviesa casi cinco siglos y que combina la posible primera fundación de Buenos Aires, grandes fortunas, epidemias, arquitectura, paisajismo, patrimonio y leyendas urbanas.

Una de las historias más fascinantes vinculadas al parque sostiene que en estas barrancas Pedro de Mendoza habría establecido en 1536 la primera fundación de Buenos Aires. Según esa hipótesis, el lugar habría sido escenario de la fundación de Nuestra Señora Santa María del Buen Ayre, el primer asentamiento español que precedió a la ciudad que conocemos actualmente. Sin embargo, la historia tiene un capítulo abierto. La ubicación exacta de aquel primer asentamiento continúa siendo motivo de debate entre historiadores y arqueólogos.

Diferentes investigaciones cuestionaron que el lugar elegido por Mendoza haya sido precisamente el actual Parque Lezama. Y ahí aparece uno de los atractivos que rodean al parque: no todo está comprobado, pero tampoco todo pudo ser descartado. Entre certezas y discusiones históricas, el Lezama quedó asociado para siempre con la posibilidad de que la historia de Buenos Aires haya comenzado, al menos parcialmente, en estas barrancas.

Para entender el carácter particular del parque también hay que imaginar una ciudad muy diferente de la actual. El Lezama ocupa una de las antiguas barrancas naturales que descendían hacia el Río de la Plata. Antes de las grandes transformaciones urbanas y de la incorporación de tierras al río, esta pendiente tenía una relación mucho más directa con el paisaje costero. Todavía hoy pueden percibirse sus desniveles hacia Paseo Colón y Martín García.

Anfiteatro del Parque Lezama

En una ciudad predominantemente plana, esa topografía convierte al Parque Lezama en un espacio singular. Hay subidas, bajadas, pequeñas perspectivas y senderos que aprovechan el relieve natural y generan una sensación casi escenográfica. Es uno de esos lugares donde caminar unos metros puede cambiar completamente la perspectiva. Antes de convertirse en paseo público, el territorio tuvo usos muy diferentes. Durante el período colonial hubo allí hornos de ladrillos, depósitos vinculados al comercio de esclavos, almacenes de cuero y otros espacios relacionados con el movimiento de mercaderías.

Es una parte menos amable de la historia del parque, pero fundamental para comprender la complejidad de la Buenos Aires colonial. La transformación llegaría mucho después, cuando la propiedad pasó a manos de José Gregorio de Lezama, un poderoso comerciante y hacendado salteño que adquirió la quinta en 1857. Lezama convirtió el terreno en un verdadero jardín privado de lujo. La propiedad incorporó especies exóticas, esculturas, senderos, escalinatas y elementos ornamentales que buscaban convertirla en una de las quintas más destacadas de aquella Buenos Aires.

Magnolias, camelias, arrayanes, plátanos, olmos, acacias y fresnos americanos formaron parte de aquel paisaje. La quinta era, al mismo tiempo, un refugio privado y una demostración del poder económico y social de su propietario.

La historia del Lezama también quedó marcada por dos de las grandes tragedias sanitarias del siglo XIX. Durante la epidemia de cólera de 1858 y, años más tarde, durante la fiebre amarilla de 1871, la casona y sectores de sus alrededores fueron utilizados para tareas de aislamiento y asistencia de enfermos. La imagen de la quinta elegante contrasta así con otra mucho más dramática: la de una ciudad golpeada por enfermedades que modificaron profundamente su estructura urbana y su relación con la salud pública.

Después de la muerte de Gregorio Lezama, su viuda, Ángela Álzaga, vendió la propiedad a la Municipalidad en 1894. La operación tuvo una condición: que el lugar se transformara en un paseo público y conservara el nombre de su marido. Así comenzó otra etapa de la historia del Lezama. La transformación paisajística quedó vinculada a una figura fundamental de los espacios verdes porteños: Carlos Thays, el paisajista francés que dirigió la Dirección de Parques y Paseos de la Ciudad entre 1891 y 1913 y dejó su sello en numerosos parques y plazas de Buenos Aires. El antiguo jardín privado comenzó entonces a convertirse en un espacio pensado para ser disfrutado por todos.

Pero el Parque Lezama tiene todavía otro tesoro. A fines del siglo XIX, la antigua casona de la quinta recibió al Museo Histórico Nacional, que permanece allí hasta hoy. El edificio conserva piezas vinculadas con algunos de los grandes protagonistas de la historia argentina, entre ellos José de San Martín, Manuel Belgrano y Martín Miguel de Güemes, además de objetos relacionados con la Revolución de Mayo. De esta manera, el parque terminó reuniendo en un mismo lugar dos formas de preservar la memoria: la historia que permanece en sus árboles, barrancas y senderos, y la que se conserva dentro de las vitrinas y salas del museo.

Un parque que todavía guarda secretos

Quizás ese sea el mayor encanto del Parque Lezama. No es solamente un espacio verde entre San Telmo, La Boca y Barracas. Es un lugar donde distintas Buenos Aires parecen superponerse: la ciudad colonial, la de las grandes quintas, la golpeada por las epidemias, la de los inmigrantes y la Buenos Aires moderna que convirtió aquel territorio en un paseo público. Y sobre todas ellas permanece la pregunta que alimenta una de sus leyendas más persistentes: ¿fue realmente allí donde comenzó Buenos Aires?

La respuesta definitiva todavía genera debate. Pero quizá esa incertidumbre sea parte de su encanto. Porque mientras los vecinos atraviesan sus senderos, los turistas descubren sus barrancas y los árboles siguen creciendo, el Parque Lezama conserva algo que pocos lugares de la Ciudad pueden ofrecer: la sensación de estar caminando, literalmente, sobre algunas de las páginas más antiguas de Buenos Aires.

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